Hace millones de años, la sombra de mi molécula gérmen, insensata e igual de pelirroja ya se dio cuenta de que la constancia no es una de mis virtudes.

Pero millones de años después, hoy en la tarde, caigo en la cuenta de que hubo un lugar ficticio donde descarrilaban mis trenes, y mataban en el tiempo las penas hondas. Mi abandonadísimo blog.

Creo que fue una canción de Sabina la que me hizo reflexionar: a veces vivo, y a veces me desvivo en lo que planto en el papel. Es la filosofía que me acompaña desde hace meses. Meses en los que viví, viví, viví, y volvería a hacerlo. Donde no hay cargos de conciencia, ni peso en mi maleta, donde a todos lados fui con mi risa de compañera de fatigas.

Me dediqué a mí misma, me caí de mi bici, analicé sin anestesia mis circunstancias y me di cuenta de que el mundo seguía girando, y demasiadas veces no a mi alrededor (pobre egocéntrica con mucho tiempo para pensar). Así que mandé a la porra los amores perros (aunque haya otros que aparecen cada dos por tres), dejé a un lado malos pensamientos, influencias, y bajos ánimos. En ese tránsito planté al hábito de desnudarme ante una web en blanco, porque, sindicalista de mí, no quiero ya escribir, sino que me escriban, y que se desnuden ante mí.

Así, cabezota, sin ya ninguna intención de ser generosa con mis sentimientos, sino vampiro y escuchante. No me considero más ni menos feliz que antes, pero sí mucho más libre.

Por eso caigo en la tentación de decir que me enamoro a menudo, pero nunca pierdo la cabeza, y que a los que dejo en el camino, no los dejo sin un pedacito de mi corazón.

Como cualquier persona, sólo pretendo que me quieran.